Con frecuencia los padres se sienten desbordados con algunas de las conductas de sus hijos. Rabietas en lugares públicos, pataletas con las comidas, agresiones entre hermanos o hacia otros niños y rechazo a irse a dormir; son sólo algunas entre tantas.

Cada vez que aparece este tipo de comportamiento los padres intentan controlarlo y modificarlo, pero la gran mayoría de las veces sus esfuerzos son infructuosos. Como consecuencia de ello, no sólo el problema persiste y va a repetirse una y otra vez, sino que los padres se sienten frustrados por no ser capaces de resolver adecuadamente la situación y culpables por no saber ejercer apropiadamente el rol paternal que les corresponde. Tras cada intento frustrado de solución, toda esta “emocionalidad” de los padres aumenta su presencia restándole objetividad a los esfuerzos que hacen. De esta manera y sin percatarse de ello, los padres pasan a ser parte activa del “problema” que `presenta el hijo y que paradójicamente ellos mismos desean resolver.

Mucho se ha hablado de la inteligencia emocional como la capacidad que tenemos nosotros los seres humanos de motivarnos a nosotros mismos, de saber regular nuestros estados de ánimos, controlar nuestros impulsos, de saber enfrentar adecuadamente las frustraciones y evitar que la angustia interfiera con nuestra capacidad racional y la capacidad de empatizar con los demás. Tener dominio sobre estas habilidades nos garantiza una vida exitosa.

Cuando se refiere a nuestro rol de padres preferimos llamarla Inteligencia Parental que no sólo engloba la mencionada Inteligencia Emocional, sino que toma en cuenta otros aspectos relevantes.

Por un lado, nosotros los seres humanos nos olvidamos con frecuencia que llegamos a nuestra existencia con la tarea implícita de preservar la vida y garantizar la continuidad de nuestra especie. Es algo que hemos venido haciendo durante milenios y que nos ha permitido llegar hasta nuestro presente. Es una “fuerza” que se encuentra presente en nuestra programación básica. La llamamos Instintiva cuando nos referimos a la vida de los animales, pero por lo general no la calificamos de esta manera cuando hablamos de seres humanos. Con los años hemos dejado que nuestra cultura (religión, leyes, medicina, educación) se encargue de marcar las pautas de nuestra existencia en todos sus aspectos, de decirnos cómo ver y actuar, en esencia cómo debemos ser, incluso en contra de nuestra propia programación genética.

En los últimos años han ido surgiendo movimientos que intentan desde diferentes ámbitos rescatar este “instinto parental” inherente a la condición humana. Asociaciones que desean rescatar la importancia del parto respetuoso, de la lactancia materna, una educación más “humanizada”, de alcanzar un mundo más limpio y adecuado para nuestros hijos. Este esfuerzo consciente lo incluimos en lo que denominamos Inteligencia Parental.

Por otro lado, la relación que sostenemos con nuestros hijos difiere de la que podemos sostener con otras personas. En primer lugar, el interés y el afecto que colocamos en ellos se destaca por encima de cualquier otro, esto debido en gran parte a ese factor “instintivo” al que hemos hecho referencia antes. En segundo término, el número de intercambios emocionales que sostenemos con nuestros hijos desde que los gestamos hasta que logran valerse por sí mismos son muchísimos más que con cualquiera otra persona. Tercero, nuestros hijos con sus comportamientos nos “tocan” muy a menudo nuestra “sombra” como ningún otro ser humano. Entendemos como “sombra” a todos aquellos aspectos inconscientes que hacen parte de nuestra personalidad y que, por no encontrarse adecuadamente resueltos, no tienen acceso a nuestra consciencia.  Nuestros hijos nos “llevan” a “revivir” nuestra propia relación con nuestros padres y la trayectoria de nuestra infancia.

A riesgo de que parezca exagerada la expresión, con frecuencia decimos que: “Nuestros hijos han venido al mundo, entre otras cosas, para recordarnos quiénes somos y qué aspectos de nosotros mismos debemos atender.”

La Inteligencia Parental pudiera resumirse de manera sencilla en:

  1. Capacidad de hacerse cargo de manera proactiva del proceso de embarazo y parto.
  2. Capacidad de desarrollar las destrezas básicas en el cuidado y relación con el hijo (apego positivo) desde que nace hasta que se haga autónomo e independiente.
  3. Cuidados físicos: alimentación, higiene, atención enfermedades, vestido.
  4. Reconocer sentimientos propios y de los hijos de manera objetiva y atenderlos adecuadamente.
  5. Ser afectuoso.
  6. Comunicación: atender con acierto los problemas que se presentan (rabietas y otras conductas), saber manejarlos.
  7. Objetividad versus “sombra”.

Entendiéndose como “sombra” todos aquellos aspectos de nuestra propia historia personal, que se escapan de nuestra conciencia pero que intervienen activamente en nuestro comportamiento actual y que pueden interferir negativamente en el día a día con nuestros hijos.

Desarrollar la Inteligencia Parental pudiera verse como una meta muy difícil de alcanzar. No es cierto. Existen programas y talleres diseñados para tal fin que están trabajando con éxito. Cada uno de nosotros con una simple reflexión “sabe” o intuye cuando es el momento de generar algún cambio interno y por lo tanto solicitar la ayuda adecuada.

Desarrollar nuestra Inteligencia Parental nos permite disponer de todo nuestro potencial y disfrutar plenamente de la vida.